Mitten in der Pampa: ¿desde dónde escribimos?

“Mitten in der Pampa”, me dijo una profesora alemana cuando le conté de dónde venía. En medio de la pampa. Lo usaba como quien dice “donde el diablo perdió el poncho”. Para ella, y para cualquiera que use esa expresión en Alemania, la pampa es el lugar más lejano imaginable. Un sinónimo de vacío, de nada, de ausencia.

En Alemania, en un departamento con una calefacción que no entendía cómo funcionaba, miraba llover por la ventana. Afuera todo era húmedo, silencioso, climáticamente errático. Adentro, en la pantalla, yo escribía sobre tierra seca y santos borrachos. Necesitaba ese contraste. Sobre pueblos sin nombre en mapas, sobre madres que empuñan hachas oxidadas. Sobre ese lugar que para el resto del mundo era, literalmente, el medio de la nada.

La ironía no se me escapó. Estaba escribiendo sobre el vacío desde el lugar que consideraba a mi origen como vacío. Pero ahí entendí algo: lo que para ellos era nada, para mí estaba lleno. Sobre todo de voces. Durante años escribí así, mayormente en La Plata, que es al mismo tiempo “casa” y “lejos de casa”. Cada vez que me sentaba a escribir, volvía. No a un pueblo específico, sino a todos ellos a la vez. A ese interior que es más un tono de voz que una geografía, más una forma de nombrar las cosas que una coordenada. No a La Pampa en sí como provincia, sino como concepto de un espacio que para muchos es indeterminado, prescindible e intercambiable.

Cuanto más lejos estaba físicamente, más nítidas se volvían las voces. La distancia no borraba la memoria; la intensificaba. Y no hacía falta cruzar el océano: La Plata ya era otra cosa, con su cuadrícula perfecta y sus diagonales. En Argentina también decimos “en pampa y la vía” para señalar lo lejano y perdido. Me encontré escribiendo sobre la luz mala mientras vivía en un país donde ni siquiera hay pampa. Sobre la cuneta, ese borde del camino donde todo nace y todo se pudre, mientras caminaba por calles perfectamente pavimentadas. Las voces del interior no son una. Son muchas, contradictorias, ásperas. No siempre amables. Están las que se callan por costumbre, las que explotan de repente, las que rezan y maldicen en la misma frase. Están los acentos que la televisión nunca reproduce bien, las palabras que no tienen traducción a la ciudad, los silencios que en Buenos Aires no existen porque siempre hay ruido de fondo.

Escribir desde, y sobre, el “medio de la nada” me obligaba a reconstruir todo desde cero. No podía salir a caminar y ver cómo es realmente un aljibe, o escuchar cómo habla la gente en el almacén, o sentir ese olor a tierra mojada después de la tormenta. Tenía que invocarlo todo desde la memoria. Pero el interior que aparece en mis cuentos no es documental. Es una construcción, una versión intensificada, una mezcla de todos los pueblos que conocí y algunos que inventé. Un territorio donde los límites entre lo real y lo fantástico se difuminan, como se difuminan en cualquier pueblo chico donde las leyendas son más ciertas que los hechos.

Cada vez que vuelvo —físicamente, no sólo en la escritura— entiendo que ya no soy completamente de ahí. Pero tampoco soy de La Plata ni de ninguno de los lugares donde viví después, así sea mucho o poco tiempo. Soy de esa zona intermedia, de esa grieta entre mundos. Y esa fisura es un territorio fértil para escribir. Yo nací en el interior argentino, crecí ahí, aprendí a leer el cielo para saber si va a llover, a distinguir el aburrimiento de la calma, y su íntima relación, a entender que hay silencios que son estructurales al lenguaje. Eso no se borró cuando me fui. Se volvió más urgente.

Escribir esas voces desde afuera es también un acto de resistencia. Contra el olvido, contra la homogeneización, contra la idea de que el interior es sólo un decorado pintoresco para historias urbanas. Contra la noción de que la pampa es una “nada” para referenciar un “todo”. Porque ahí, en ese supuesto vacío, hay una densidad de historias, de tonos, de formas de nombrar el mundo que no existen en ningún otro lado. No de la misma manera.

No escribo para explicar el interior a la ciudad. Ni para traducir. Sino porque esas voces tienen su propia vitalidad, porque esos espacios persisten en algún lugar donde la memoria y el sueño se confunden. Y hay algo liberador en escribir desde ahí. Porque cuando te dicen que venís del vacío, podés llenar ese vacío con lo que quieras. Poblar la pampa con santos borrachos y linajes malditos, con madres animalizadas y pueblos fantasmales. Convertir el silencio en ruido, con su cadencia de siesta, y el horizonte plano en profundidad.

Mitten in der Pampa. En medio de la nada. En medio de todo.



Nicolás Aragoita (General Villegas, 1992). Es Profesor y Licenciado en Filosofía (UNLP), Doctorando en Estudios Sociales Interdisciplinarios de Europa y América Latina. Sus temas de interés son la narración, la cultura de masas y las memorias marginadas. Ha publicado relatos en diversas revistas literarias. Su primera antología Yo nací de la cuneta (2025) fue editada por Caburé.