Detente, invierno

“Que llegue la primavera”, me dice la encargada de mi edificio. Es junio y recién empiezan los meses de frío en Buenos Aires. Selva Almada escribe en una columna para Diario Perfil que, a partir del 21, “cada día habrá un poquito más de luz”.

Mientras escribo esto, pienso en la primavera y aparecen recuerdos. Algunos más poéticos, otros más caóticos, inverosímiles. Cómo pega el sol en el patio de mi casa mientras trabajo durante las tardes. El día en que me fui de un recital de música indie sin dormir para tomar un micro rumbo a la costa (o, quizás, sí dormí algunas horas). Una cita en la que creí enamorarme a primera vista (o, quizás, lo hice después o nunca).

En Despedidas, Julian Barnes retoma la célebre magdalena de Proust, esa idea según la cual un estímulo (como mojar una magdalena en un té) puede devolvernos un recuerdo intenso y olvidado. A partir de ella cuestiona y narra, entre otras cosas, una historia de amor. ¿Acaso los recuerdos se nos vienen a la mente tan exactos y cronológicos? Más bien, recordar es ver las olas ir y venir en la orilla de un mar. Verlas llegar con más o menos fuerza. Perder la noción de cuántas llevamos contadas y, aun así, creer que conocemos el número exacto.

Escribir, en definitiva, es detenerse en esas olas un instante aunque no sea del todo verídico. Cristina Peri Rossi (en diálogo con la historia de Fausto) escribe en uno de sus poemas:

Dije: “Detente, instante, eres tan bello”
y todo para mí era una ola precipitándose
sobre el tiempo
para volver el aire roca
para volver la sábana cielo
para volver el instante un siglo


Las experiencias, pienso, son la materia prima de los recuerdos y también uno de los motores de la escritura: querer detener el tiempo en una escena, querer volver a ella una y otra vez. Pero ahora es invierno y las personas hacemos menos planes, queremos estar en nuestras casas, cerca del calor de las estufas y las sopas caseras. Es una temporada en la que parece más difícil construir recuerdos compartidos. Pienso en ser justa con esta época del año: no es la única culpable de que nos encontremos menos. También lo son las exigencias laborales, el agotamiento que nos provoca lo digital, la cantidad de horas que pasamos frente a las pantallas, muy por encima de aquellas en las que nos miramos a los ojos con amistades, parejas, familia.

Me preocupa pensar que estemos perdiendo recuerdos futuros. ¿Sobre qué se escribirán las próximas historias de la literatura? ¿De qué imágenes surgirán los poemas en diez años? Lo que quiero decir en este punto a cualquier persona que escriba (y también me lo digo a mí misma) es: salí en busca de esas futuras magdalenas. No te pierdas las juntadas colectivas. Sumergite en charlas con personas que atienden en los locales de barrio. Escuchá con atención lo que les pasa a tus amistades. Quedate un rato más en una fiesta a ver qué pasa. Porque para escribir hay que hacerle lugar a aquello que todavía no sabemos que vamos a extrañar. Ahí puede estar el recuerdo futuro de una historia de amor: verídica, fragmentaria, deformada por la memoria. ¿Acaso importa?

Elizabeth Stellavato nació en Buenos Aires, Argentina, en 1989. Es directora creativa, formadora y asesora en comunicación B2B y DEI. Estudió Ciencias de la Comunicación (UBA) y Creatividad Publicitaria en Underground. En 2019 co- fundó una agencia digital y, actualmente, trabaja de forma independiente. Además, es docente en la DGCAP de la UBA. En 2026 publicó su primer poemario Nadie puede ser tan feliz con el sol de frente, editado por Caburé.