Por qué no escribo con Inteligencia Artificial deja un comentario

Hace unos días recibí el mensaje de un viejo amigo invitándome a comprar su primer libro, recién publicado en formato digital. Es un gran amigo y un lector más o menos frecuente. Si pudiera, leería más. Pero el trabajo y la familia le demandan casi todo su tiempo. Las pocas veces que nos hemos encontrado en estos años, además de hablar de cine, hablaba de lo ocupado que estaba y de la falta que sentía tener más tiempo libre. Pocas veces habíamos hablado de literatura. Por eso me sorprendió enterarme de golpe y sopapo que había escrito un libro.

Busqué el título en la tienda del lector electrónico y lo compré. La premisa era muy buena, había terreno fértil para una gran aventura. Comencé a leerlo con entusiasmo, pero ya en la segunda página percibí que había algo raro, un regusto extraño. Si hubiera sido una comida le hubiera pedido a mi compañera que pruebe un poco para asegurarme de que no era impresión mía. Seguí leyendo. El texto estaba repleto de adjetivos y lugares comunes. Avanzaba deprisa hacia el punto y se volvía de inmediato previsible. No había sorpresas, no había tropiezos. Era un cúmulo de información bien ordenado. Monótono. Tuve la impresión de estar leyendo el prospecto de un medicamento. Cuando lo terminé, le escribí a mi amigo felicitándolo por la publicación y le pregunté sin más preámbulo si había usado Inteligencia Artificial. Me respondió que sí. Le pregunté sí lo había corregido. Me respondió que no. Le pregunté qué esperaba del libro y me dijo que nada. Una vez más lo felicité por la premisa y le deseé lo mejor.

Después de ese episodio, me he encontrado con muchos textos escritos por Inteligencia Artificial. Resulta más o menos fácil reconocerlos. Son textos correctos, demasiado correctos. Escritos por un programa de computadora que no se arriesga a fallar ni a descubrir un nuevo punto de vista del mundo a partir de la falla. Son textos con las ideas bien peinadas y planchadas. Ni una mancha. Bien portados. No provocan ni estimulan. Da la impresión de estar leyendo el manual de instrucciones de un lavarropas. Previsibles y apresurados. No se pasean por el lenguaje, van directo al punto. Sin tener en cuenta que un texto que valga la pena no es la premisa, sino la particular manera en que esa premisa se muestra al mundo. Traducido a frase de sobre de azúcar: lo importante es el viaje, no el destino.

Escuché también autores que lo usan como inspiración. Le dan al programa una idea de base y le piden alternativas de desarrollo. Una refinada forma de pereza creativa, anteponiendo la producción a la experiencia de crear. En su libro Escribir, Marguerite Duras dice: escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos (pág. 52. Tusquets Editores 2022). Usar la Inteligencia Artificial de esta manera es renunciar a vivir la propia aventura creativa. Peor aún, es anular la voz del texto y obligarlo a dirigirse hacia donde indica un programa de computadora.

Aunque hay un motivo suficiente por el que no escribiría con Inteligencia Artificial, y es que escribir me gusta. Delegar hacer algo que me gusta me parece, además de una triste renuncia, un sabotaje personal. Es como pedirle a un programa de computadora que tome una copa de vino por mí, o que mire un atardecer en mi lugar. ¿Por qué renunciaría de forma voluntaria a hacer algo que me gusta?

Hasta la próxima.

Francisco Cuéllar (Montero, Bolivia, 1983), es médico clínico radicado en
Buenos Aires. Exploró el mundo literario con la guía de destacados escritores y
su cuento ‘Legal’ fue nominado en el concurso literario 2024 de la Asociación
Argentina de Salud Pública. En 2025 publicó Los febriles, su primera novela,
con el sello editorial Caburé.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.