Para mí, la relectura es inseparable de la escritura: hurgar en la palabra ya pronunciada entre los borradores y los manuscritos para volver a encontrarse, para sorprenderse, avergonzarse, ¡esto también es mío!, ¡esta también soy yo!. Pero no siempre ese viaje al pasado resulta tan elegante, la relectura tiene instancias bien prosaicas porque nos releemos para corregirnos, para pulir los textos, para terminarlos y para abandonarlos de nuevo.
Salir a la vida como escritora no es algo que ocurra de una vez y para siempre. Es frecuente que muchas personas escribamos desde pequeñas porque crecimos como ávidas lectoras y poseedoras de una imaginación desbordante que materializamos en algún cuadernito. De pequeña, yo tenía varios, en uno dibujaba historietas, en otro reunía frases típicas que escuchaba de los adultos, en otro garabateaba poesías y, por supuesto, tenía también mis diarios íntimos. Había lecturas privadas y lecturas públicas, igual que las escrituras. Después, una se hace grande y debe elegir estudio y profesión y elige aquello que cree que va entre medio de sus gustos, sus pasiones y sus posibilidades. Durante mucho tiempo, mantuve la escritura en el terreno privado y la saqué a pasear en textos académicos y en algún blog perdido y busqué otras formas nuevas de expresión. Muchos años después, un buen día mi abuela se olvida de mí, ya no me reconoce; entonces me brotó una historia que quise contar, agarré mi computadora, mi confusión, mi tristeza resignada y escribí un cuento. ¿Será que la escritora estaba esperando un momento de borrón y cuenta nueva para volver a salir? ¿Cómo es salir de nuevo del cascarón a los treinta y pico? En mi vida desde ese momento pasaron cosas mucho más drásticas y, junto con ellas, volvió mi voz.
Y acá quería llegar. Siento que hay un imperativo de “encontrar la propia voz”, pero, ¿no será acaso al revés? Usando de manera muy libre la reminiscencia platónica, podríamos decir que quien escribe no adquiere su voz como cosa aprendida sino que esa voz ya está consigo, que anida en el centro de su propia identidad y lo que hacemos con la escritura, junto con el tiempo y la experiencia, es recordarla. En este ciclo recurrente de escritura y lectura, la reminiscencia enciende la chispa que nos permite reconocer esa voz de autor interior que contínuamente des-cubrimos, des-velamos. Algo similar ocurre con el ejercicio de la revisión: volver a lo que he escrito en el pasado, releerlo, trabajarlo, re escribirlo para, así, entonarlo mejor. Y no, la constante revisión no quita espontaneidad, no ahuyenta musas, cito a Liliana Heker: “Pienso que habría que corregir con la pasión con que Miguel Ángel trabajaba el bloque de mármol, sabiendo que el Moisés está ahí dentro: solo hay que ir cavando en la materia hasta encontrarlo”, (2019:22).
Volver al texto, hundirse en toda palabra pasada, descifrar su tono y su color y mirar, porque ahí está la voz, ya expresada, ya materializada, que se parece cada vez más a sí misma.
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Referencia bibliográfica:
HEKER, L; 2019, “La corrección como acto creador”, La trastienda de la escritura, Alfaguara.

Mercedes Turquet publicó su libro de cuentos y relatos poéticos Las podas en Caburé en enero de 2026. Nació en noviembre de 1981 en San Martín. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y profesora recibida de la misma carrera. Estudió y practicó fotografía, y se dedica a la docencia en diferentes ámbitos y niveles. Publicó cuentos y poemas en el blog de La Transformación, en la Revista Zigurat y en letrasenbytes. En 2025 publicó por primera vez en papel en la Antología Erótica de Editorial Obrador. Vive en Villa Ballester con sus tres hijos, un puñado de mascotas y una multitud de plantas.
