¿Están tocando nuestra canción?

El equilibrio entre la letra y música, las imágenes poéticas y la sonoridad que acompaña al texto son algunos de los elementos que pueden hacer de la canción una compañía imprescindible. Por su estructura la canción aporta elementos a la construcción del lenguaje que pueden incluir desde la más profunda identificación hasta el más radical de los distanciamientos. La canción tiene su propia lógica poética.

Desde la perspectiva de la interpretación, introduce unidad de tiempo y lugar ya que sucede y concluye, tiene un comienzo, un desarrollo y un final.

Una canción puede proporcionarnos un estado para un personaje o una escena. Puede transformarse en un recuerdo, tal como si estuviéramos contemplando una fotografía. Puede llegar a ser insoportablemente triste o convertirse en un bálsamo. Puede repetirse hasta el hartazgo y llegar al aburrimiento hasta perder el sentido. Una canción puede ser puro juego hasta volverse puro ritmo. Puede ser el remate de una escena de amor, o también, según el tono que utilice, transformar una escena trágica en una farsa.

El mito de Orfeo, el músico solitario capaz de conmover con los sonidos de su lira a los animales, los árboles y hasta las piedras inspiró innumerables versiones especialmente para la ópera, un género que es a la vez texto y música escénica.

La primera ópera, Eurídice, con música de Jacopo Peri y libreto del poeta Ottavio Rinuccini y se basa en la historia de amor entre Orfeo y la ninfa Eurídice.

Según la leyenda, al morir Eurídice víctima de la picadura de una serpiente, Orfeo tocó y cantó canciones tan tristes que los dioses lloraron y le permitieron que descendiera al inframundo en busca de su amada. Conmovidos, le permitieron a Eurídice que volviera con Orfeo al mundo de los vivos, pero con la condición de que él caminase delante de ella y no mirase atrás hasta que hubieran alcanzado la luz del sol.

Orfeo no volvió la cabeza en todo el trayecto, pero cuando llegaron, se volvió, ansioso para ver a su amada, y como ella todavía no había sido completamente bañada por la luz del sol se desvaneció en el aire, esa vez para siempre.
Claudio Monteverdi escribió la música para La favola d’Orfeo, una ópera con un prólogo y cinco actos con libreto de Alessandro Striggio, compuesta para los carnavales de Mantua en 1607.

Monteverdi había trabajado como músico en la corte de los Gonzaga durante 16 años, gran parte de ellos dedicados a interpretar o arreglar música escénica. Gonzaga, duque de Mantua y su corte asistieron a la representación de Euridice de Jacopo Peri. Debido al éxito de la obra de Peri, Gonzaga pidió a Monteverdi componer una ópera basada en el mismo mito.

Los elementos a partir de los cuales Monteverdi construyó la partitura de su primera ópera: el aria, la canción estrófica, el recitativo, los coros, las danzas y los interludios musicales dramáticos, no fueron creados por él, pero, como ha señalado el director Nikolaus Harnoncourt: “él mezcló todo ese conjunto de posibilidades nuevas y viejas en una unidad que era verdaderamente nueva”.

El tema se puso de moda en el teatro musical del siglo XVIII. Es un ejemplo el Orfeo y Eurídice de Gluck, representante de la reforma que intenta mantener una relación equilibrada entre la música y el texto dramático.

Es probable que el tema haya inspirado tantas versiones durante toda la fase inicial de la historia de la ópera, porque la presencia de un músico como protagonista podía satisfacer el principio de verosimilitud.

En el siglo XIX la fábula de Orfeo vuelve a ser revisada para el teatro por Jacques Offenbach, en clave de parodia, y en el siglo XX Ígor Stravinski retoma el tema para uno de los trabajos más importantes de su período neoclásico.

En el comienzo del Orfeo de Monteverdi, la Diosa de la Música se presenta con las palabras: Io sono la música. (Yo soy la música).

Este personaje, heredero de la máscara en la tragedia griega oficia la función dramática del Prólogo. Esta figura, que aparece frecuentemente en las obras de Shakespeare, un tiempo después se haría prácticamente impensable. ¿Qué función podría cumplir un personaje de estas características cuando la escena empieza a concebir el concepto de cuarta pared?

A partir del advenimiento de las vanguardias del siglo XX es que este personaje se desdobla y se representa a sí mismo Yo, el actor, soy la música, introduciendo el efecto de distanciamiento. Este extrañamiento de la escena, consigue a la vez, perturbar y participar al espectador en su relación con la ficción.

Como vemos, la resignificación de Eros en Cupido y el mito de Orfeo motivan las primeras experiencias de lo que más tarde se convertiría en la gran ópera: una relectura de los elementos del teatro clásico griego, una búsqueda estética que continúa su evolución y llega a su apogeo entre los siglos XVIII y XIX.

Un siglo más tarde el Romanticismo, como resultado del movimiento que se genera bajo el concepto de Sturm und Drang (tormenta y pasión) marcará la identidad del artista rompiendo estructuras. La figura del artista se independiza del contexto burgués y deviene en una figura solitaria y marginal. Es el apogeo de la novela y el melodrama.

En la variedad de los géneros musicales, desde la balada hasta la ópera, la composición de la música y la escritura de la letra han creado binomios excepcionales, exitosos y tan inolvidables como los y las intérpretes que les ofrecieron sus tonos de voz, su fraseo y su color personal.

Cada traducción, cada reversión, cada nueva apuesta a un clásico o a un nuevo estilo guarda algo de su versión anterior o propone un cambio. ¿Cómo darnos cuenta si en verdad están tocando nuestra canción?, ¿es acaso aquella que nos emocionó por primera vez, la que nos vuelve al recuerdo, la que nos ofrece una nueva oportunidad de volver al baile de la vida?, ¿o simplemente es una melodía de fondo que nos acompaña en las acciones cotidianas y que repetimos cuando estamos solos para tener compañía?

Esto no pretende convertirse en un ensayo, sino de encontrarnos con algo cercano a lo que solemos llamar la inspiración, quizás también, en una forma de pensar y preguntarnos sobre la estructura poética de la canción como una forma de texto con diferentes capas de complejidad. Por eso antes de concluir volvamos por un momento a Orfeo. ¿Porque Orfeo se da vuelta para mirar a Eurídice y complicar así las cosas?

Es probable que Orfeo no tenga opción. Según el dictamen de los dioses si mira a su amada la pierde, pero resulta que, si no la mira, si no le muestra su amor, también la pierde.

Podríamos pensar entonces que a cambio de esa pérdida irreparable Orfeo obtiene el don de la inspiración, la posibilidad de componer las canciones más conmovedoras que aún en la más recóndita soledad, siempre serán dirigidas a alguien.

Laura Inés Gutman es licenciada en Artes del Movimiento por la UNA, diplomada en Bibliotecología Social por la UBA y poseedora del Diploma Superior en Cultura y Narrativas para la Infancia y Juventud por FLACSO. Es autora de obras teatrales y adaptaciones de textos para el escenario. En 2024, publicó “El trueque”, su primera novela. Con Caburé Editorial, publicó “El arte del Kintsugi”.