En las últimas Caravanas organizadas por la editorial, distintos autores dialogamos acerca del uso de la inteligencia artificial en la escritura. El tópico que guío uno de los encuentros fue ¿Se convertirá la voz orgánica en un lujo?” Los siguientes términos me interpelaron, en primer lugar “imperfección humana”, en segundo “algoritmos impecables”, y por último “mundo de algoritmos”.
Las preguntas que surgieron fueron: ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “imperfección humana” en la escritura? ¿Cómo es un mundo de algoritmos? ¿Cómo debe ser un algoritmo para ser considerado “impecable”? ¿Hay alguna posibilidad que la voz orgánica no sea un lujo?
Frente a esas inquietudes, opté por comenzar con la idea de “mundo de algoritmos”, y a partir de ella recorrer los demás interrogantes. Porque nos invita a interpretar la cuestión como una tensión entre realidad y apariencia. Problemática de larga tradición filosófica. Parece que hay “otro mundo”, “el de ellos”, el mundo artificial, que simula ser el nuestro, y que aparenta ser “perfecto”. Y el nuestro, el mundo real, que parece estar caracterizado por la “imperfección”.
Esta dualidad no está separada, por lo contrario, observamos a diario cómo el mundo artificial modifica nuestro mundo: la organización del mismo, los tiempos, las relaciones sociales, lo que pensamos, lo que producimos, incluso lo que deseamos. Es difícil distinguir un mundo del otro. En otras palabras, diferenciar lo real de lo aparente.
En lo que hace a la escritura y al pensar, me parece indispensable en estos tiempos, defender nuestro mundo: natural, social y comunitario. Colmado de experiencias individuales y colectivas. Donde la voz orgánica siempre será un lujo. Lo genuino lo es. La palabra, la investigación, la reflexión, el arte, son nuestros lujos, nuestras formas de expresión. Porque se trata de un encuentro, de compartir, de hacer comunidad. De escuchar, dialogar y aprender con el otro, de emociones, en definitiva, a ser humanos. Este mundo, tiene un sustento para nuestras creaciones: sentimientos, experiencias, que son la materia prima de nuestra escritura. Nos ayudan a construir un personaje, crear metáforas, armar versos de manera artesanal; que son los que nos permitirán el acercamiento con el lector.
Pero la escritura no se agota en eso, sino que lo más enriquecedor es poder compartir esas producciones (materializadas o en proceso) en encuentros con los demás, donde la circulación de la palabra, la afectividad, y la escucha: construyen comunidad.
Y sí, nuestras producciones pueden ser imperfectas, el trabajo de edición no culmina con la publicación del libro. Todo libro puede someterse a una corrección más. Pero tampoco lo perfecto nos asegura algo. Los algoritmos pueden “ser impecables”, pero ahí está el error: realizan afirmaciones que no pueden argumentar. Aseveran, sin poder ofrecer el camino argumentativo que los llevó a realizar esa enunciación. Brindan resultados, pero no pueden explicar los diferentes mecanismos por los cuales se pueden resolver. Al ofrecer respuestas mecánicas, y cerradas, advertimos su imperfección. Para un lector entrenado, es fácil notar un poema, una novela, un artículo escrito por una máquina. Son estándar. Los lugares comunes abundan. Sus estructuras tienen errores de coherencia. En una metáfora, podemos observar que no hay vivencia o emoción que nos identifique con ella.
Es preciso recordar, que los algoritmos y la inteligencia artificial son herramientas, y como tales, forman parte del proceso evolutivo del ser humano. Proceso que comenzó en el período paleolítico, cuando la piedra fue nuestro primer instrumento. En la actualidad, vimos cómo la IA fue evolucionando, por ejemplo, del corrector ortográfico a la elaboración de textos, o del reconocimiento de canciones a producirlas. La diferencia radica, en que ahora las herramientas son generativas, es decir, que pueden simular las capacidades humanas como: analizar (datos), reconocer, seleccionar, traducir, organizar ideas, resumir. También pueden crear producciones escritas, visuales y audiovisuales. Como herramientas, simplifican nuestra vida cotidiana, reducen los tiempos y nos permiten explorar nuevos caminos creativos.
El problema reside, cuando se utiliza esa herramienta como una capacidad. Es decir, cuando se delega una actividad propia del ser humano a la inteligencia artificial, en reiteradas ocasiones. Como puede ser leer, escribir, interpretar, elegir. Debido a los tiempos inmediatos a los que nos obliga la producción actual. Sin embargo, para poder desarrollar una capacidad se requiere de tiempo, aprendizaje, y práctica.
Cuando la escritura se automatiza, cuando la lectura se terceriza en resúmenes o en fragmentos seleccionados por algoritmos, se debilita el músculo de la reflexión. La aceleración puede volverse superficialidad; la asistencia, dependencia. ¹
En resumen, la clave está en defender y potenciar las habilidades de la inteligencia humana. Utilizar la IA como lo que es, una herramienta. Que puede facilitar nuestra vida, despertar la creatividad, reducir los tiempos, y alivianar las tareas mecánicas. Pero, que utilizada en exceso no nos permite ejercitar ni expresar nuestras propias capacidades. Escribir no es sólo dar respuestas, o resumir ideas de artículos ya escritos por otros, sino enfrentarnos a una hoja en blanco, dudar, pensar, elegir, en definitiva: construir sentido. Y a la vez, construir comunidad.
Buenos Aires 4 de agosto de 2026
¹ Belinche, M. y Viñas, R. Leer, escribir y pensar en tiempos de inteligencia artificial, Revista Letras (11), Facultad de Periodismo y Comunicación Social, Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires, 2004, p. 3.

Luciana E. Pérez nació en Buenos Aires, en julio de 1988. Es Profesora de filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Especializada en filosofía latinoamericana. Ha publicado el libro Bolivia: el despertar de un pueblo explotado (Buenos Aires, 2020). Actualmente se desempeña como capacitadora y docente en terciarios, secundarios, y filosofía con niñas y niños.
