Escribir es posible en todos lados. El purismo, el fundamentalismo que a veces instala también el placer, puede ser un impedimento si limitamos nuestra escritura, esa fluidez conocida y a la vez desconocida, a un solo espacio o motivo. Es cierto que escribir a mano no es lo mismo que hacerlo en un teclado. Que un teclado a su vez suena diferente, responde diferente, a la descarga de una mano con más o menos habilidad, si es el de una máquina de escribir, el de una computadora, el de un celular. La tinta en la pluma, la birome, hasta el lápiz tiene también un sonido. Sutilezas que nos hablan al oído y que la mano es capaz de escuchar. Lo que quiero decir es que la necesidad de escribir no se ata a formalismos, tampoco se comprime para entrar en el bolsillo. Cuando aparecen las palabras hay que dejarlas salir, darles lugar. Y eso implica ponerse a escribir en donde sea, a la hora que sea, como sea. Entonces la escritura es una respuesta. ¿Me siguen? Hay escritoras que hablan de esta cualidad mediumnica -a la que adhiero- y lo hacen sin velos de superioridad. Velos que tampoco están en su escritura. Y están quienes tratan por todos los medios de ponerse al frente de las palabras como si no hubiera nada ni nadie más acá ni allá. Las palabras en cada caso llegan hasta donde las dejamos entrar. Hacen de cuenta que solo viven en el anotador, el cuaderno, la servilleta, el revés de la foto, la aplicación de notas, el doc, el libro, los mensajes, las impresiones doble faz; pero como muchas plantas, animales y organismos de las profundidades, desarrollaron capacidades desconocidas para adaptarse a los pormenores que representan para ellas el peso de nuestro silencio, las tonalidades del olvido, el timbre agudo del orgullo y la trémula congoja del sueño. Nada de esto las alarma ni las hace cuestionarse si tiene sentido quedarse con nosotros, a veces esperando por decirnos algo durante mucho tiempo.

Laura A. López es poeta, artista visual, fotógrafa y comunicadora publicitaria. Su libro de poesía “Como el sol de febrero” editado con Caburé (AR) y Kuntur (PE), aborda la transformación y transfiguración del vínculo padre-hija a medida que avanza la enfermedad de Parkinson y Alzheimer, rescatando la necesidad de comunicación dentro de las familias, la belleza de lo cotidiano, lo invaluable de la memoria y el presente.
