La posibilidad infinita de crear

Cada vez que me aventuro a escribir, y abundan hojas, libros y cuadernos sobre mi mesa de trabajo, me dispongo a organizar, transcribir, escuchar, corregir, unir, seleccionar. Pero, sobre todo, a JUGAR.

Escribir, para mí, no es un acto de solemnidad. Es un ejercicio lúdico de trance. Como cuando de chica jugabas a ser otra. Mi forma de existir siempre fue la búsqueda: la infinita posibilidad de descubrir el misterio.

El juego es la única práctica inocente de dejarte Ser.

Por eso, no pienso lo imaginario como inspiración. Lo proyecto como un espacio de creación sin rumbo, donde la disponibilidad y el atrevimiento —inconsciente, intuitivo, libre— pueden llevarte sin restricciones. Creo que el juego de sentarse a escribir no es simplemente producir, sino buscar las palabras.

La excitante idea de no saber del todo qué se está buscando. Y ahí aparece la práctica: como deseo y como necesidad.

Escribir es probar, mover, combinar, equivocarse, insistir, detenerse, desviarse, cambiar, saltar.

Lo imaginario como entrenamiento: no como evasión de lo real, sino como una facultad que se ejercita viviendo, percibiendo, recordando, asociando.

Escribir desde lo que sucede en el cuerpo, en la memoria. Confiar en la composición de imágenes y contar desde ellas. Dejar que una imagen produzca otra, que una palabra llame a otra, que una asociación inesperada abra una puerta hacia ese mundo que todavía no conocemos.

Misterio, ritual y frenesí: mis palabras favoritas. Las que me empujan a desarrollar mi narrativa poética, mi mantra. El ritual dispone el cuerpo. El misterio abre lo desconocido. El frenesí permite avanzar antes de comprender.

No se trata solamente de contemplar, esperar la inspiración o “conectar con uno mismo”. También está el impulso, la acumulación, la insistencia, un estímulo, una premisa, un disparador, una imagen, un punto de partida. como por ejemplo: la noche, una caminata, objetos, una frase, un nombre, personajes que dialogan, una acción. En resumen algo mínimo que desate el inicio del juego. La mayoría de las veces intentamos “escribir” para encontrar algo que todavía no existe. Para mí, esa búsqueda puede volverse demasiado idealista, incluso imposible. Por eso, en mi trabajo personal y como guía/coordinadora de talleres, propongo otra cosa: jugar a crear un cómo. -¿Cómo quiero decirlo?, ¿Cómo quiero escribirlo?,
¿Cómo quiero expresarlo?

Me resulta mucho más excitante buscar el cómo quiero escribir antes de buscar el qué quiero escribir. Porque quizás no se trata de encontrar aquello que ya estaba esperando ser dicho, sino de jugar hasta encontrar aquello que no sabíamos que estábamos buscando.

Ahí vuelven mis ejes: el misterio y el ritual. No como algo religioso ni solemne, sino como la transformación de una acción cotidiana en una práctica con reglas mínimas, este ritual no ordena lo que va a aparecer, simplemente creará las condiciones para que te sientas y te sientes a escribir jugando, o a jugar a escribir.

Renata Aiello es actriz. Tras formarse en la universidad con destacados maestros del teatro, extendió su labor a la dramaturgia y la actuación en obras como: Entre otras cosas me daba por cantar, Las costureras e Insomnio Pizarnik. Esa búsqueda constante entre las tablas y las letras la llevó a coordinar talleres, clases y encuentros de escritura creativa y poesía, además de dar forma a su ópera prima: “Ella, yo y las otras que me habitan”.