Cuando comencé a preparar mi concurso para Historia Contemporánea en la Universidad Nacional de Luján, estalló sorpresivamente la guerra en Ucrania, con cuadros de combate propios de los conflictos del siglo XX que pensaba superados. De este modo, mis estudios sobre las guerras mundiales contemplaron imágenes en vivo filmadas por soldados y drones. Luego Gaza, un extermino a cielo abierto, en donde todo el peso del poder militar se volcó sobre la población inocente del lugar. Después lo peor, las bombas sobre hospitales, zonas de refugiados, los niños y el hambre.
Mi desesperación comenzó cuando descubrí que el desastre de los conflictos se volvió un espectáculo, el bombardeo de imágenes hasta la indiferencia total por saturación. Sentí la necesidad de rescatar la humanidad de la guerra, su vida cotidiana, la mirada de los niños, los costos emocionales, la destrucción de lo que nos rodea, incluso aquello que nos permite vivir. La poesía, con su rescate de la belleza, su dimensión humana, me permitió expresar el sufrimiento más íntimo resquebrajando los bloques narrativos asfixiantes. Mis poemas comenzaron con la necesidad de comprender a los planificadores del exterminio, persiguiendo la bomba de Hiroshima que cayó sobre mis hojas. El escenario de combate se trasladó hasta las calles de Gaza, por los ojos ardientes de Herodes en busca de los niños como presa. Continué mi trabajo por los conflictos librados en espacios naturales, entre la destrucción y la vida, la poética surgió de los testimonios y las crónicas de la guerra. Así nació la necesidad de mi nuevo libro “Guerra y pan”, el de un historiador que se expresa con la poesía.
La guerra es un hecho social extremo, donde los hombres, organizados por el Estado, despliegan su pulsión de muerte sobre la propia tierra que los vio nacer. La naturaleza espera el final de la contienda, activa sus equilibrios, se reconstruye. Es pulsión de vida, aun en su propia muerte. Fagocita los cuerpos sobre el campo de batalla, nos recuerda que somos su misma esencia, nos vuelve a la creación. Allí, en las manos del Dios epicúreo, todos somos átomos. Vivir con alegría, renunciar a los bronces del imperio, luchar por lo justo, morir con honor, encontrarse, como el sol a la tierra, como átomos, es confrontar la guerra. La naturaleza, la resistencia, la hermandad, la poesía, es todo eso.

Federico Belzunces nació en Mercedes (Bs As., 1978). Es Doctor en Historia por la Universidad Nacional del Centro, Profesor en Historia Contemporánea en la Universidad Nacional de Luján y miembro del Grupo de Historia Popular de la Universidad de Buenos Aires. Publicó libros, artículos y capítulos de libros sobre Historia Argentina. Es autor de Una casa sin paredes (2023) y A la espera del Tren Blanco (2024), dos poemarios publicados por la Editorial Vuelo de Quimera, La Plata.
