La aventura de escribir

Estaba en la escuela secundaria, cuando me di cuenta. La materia se llamaba Lengua, no me emocionaba la parte de estructuras y ortografía, pero sí la de crear o inventar historias. Una mañana sentada en mi banco leí en voz alta, a pedido de la profesora, un cuento que había creado el día anterior. Era un diálogo de amor entre dos jóvenes, él decía cuánto la amaba, los sueños y sus futuros planes. Al llegar a las últimas líneas, la clase completa suspiró, se hizo un gran silencio, seguido por un inesperado aplauso. Me puse colorada y sonreí. La sorpresa para todos fue descubrir que ese diálogo ocurrió en el cementerio, mientras él hablaba al viento y acomodaba unas flores. Ese día nació mi primer cuaderno de relatos. Con ganas y desesperación contaba los días para la hora de literatura, ese espacio donde compartimos nuestras producciones entre las alumnas.

Me sentía igual de emocionada que en la clase de plástica, pero usaba las palabras como pinceles para crear personajes.

De aquellos tiempos recuerdo que me deslumbró Horacio Quiroga con sus cuentos de Amor de Locura y de Muerte, por años revisé la almohada antes de dormir, buscando manchas de sangre. También las obras de teatro estuvieron presentes, Alejandro Casona con Los árboles Mueren de Pie o La Vida es Sueño de Calderón de la Barca.

Así llegaron muchos más a romperme la cabeza o liberar mis pensamientos. Sábato, Borges, Art, Kafka, Mistral, Ocampo, Allende, Agata y mil más. Me perdía en ese laberinto de páginas. En especial a la hora de la siesta. Cuando todos se iban a dormir yo me escondía entre los libros.

Fue crucial la influencia de las maestras y profesoras, mi madre y una tía lejana. Las primeras me acercaron a los libros, sus tapas duras o blandas, sus hojas de color sepia, la tipografía o los engravados de oro. Mi madre me mostró pasión al devorarlos en una noche, atrapada en las historias, y la tía, ella me invadió con vivencias fantásticas y recorridos por lugares desconocidos. Durante los inviernos en su casa quinta, la escuchaba desparramada en la alfombra, junto al calor de la estufa. así conocí Roma, París e inmensos barcos, mientras ella saboreaba un té con limón.

Hoy dibujo sobre el papel en blanco. La vida me regaló nuevas tramas, personajes y paisajes increíbles. Escribo desde la memoria, las noticias, los amigos o los vecinos. Todos pueden ser protagonistas. En cualquier texto real o de ficción. Algunos conservan su esencia, otros pueden tener tres vidas.

Escribir es un juego donde se puede amar, odiar o matar sin lastimar a nadie. Me divierte y me transporta. Pero como decía mi abuela, a toda historia, nunca puede faltarle tripa y corazón.

María José Caporaletti, nació, creció y vio nacer a sus hijos en Buenos Aires, Argentina. Actualmente reside en Miami. Se desempeñó como docente y guionista independiente para campañas publicitarias y televisión en Argentina. En el hemisfério norte se reencontró con su pasión, a través de los talleres de escritura. Varios de sus relatos han sido seleccionados para publicaciones regionales. Participó de las antologías Los mecanismos del Instante (2025) y Una Familia Extranjera (Autores hispanos en los Estados Unidos, 2025). Autora del libro Postales de Barrio (2025). Columnista colaboradora, Revista de literatura Azotea (Cadiz, ESPAÑA, 2026).