Llegué a escribir literatura con veinte años de retraso, lo que me hace parte de la generación bisagra-bisagra en Chile, terminología que yo utilizo para posicionar mi ubicación en la literatura nacional, si es que tengo alguna . Y no es extraño, crecí en dictadura y es difícil tener criterio propio si debes obedecer no sólo a los padres, también a un sistema cuyo mayor logro es el de “la seguridad”. En dictadura no hay posibilidad de agruparse, hacer bandas de rock en la adolescencia (tuve una y estuve a punto de caer detenida una noche en que nos fuimos del estudio al borde del toque de queda con mis compañeras y profes de instrumento), salir de noche o disfrutar de actividades culturales. Si lo pienso, no me molestaba. “El ser humano se acostumbra a todo”, dicen. Miro al pasado y no siento tristeza por mi infancia ni mi adolescencia; la tristeza pasa por no haber comprendido qué era lo que realmente sucedía en mi país. No visualizaba los “intersticios del texto”, como diría Piglia.
Pero hubo algo bueno: leí, siempre leí mucho. Mi padre tenía una biblioteca bastante completa, lo vi disfrutar y compartir ideas con mi madre. También lo vi cantar ópera todos los domingos, con piel de gallina. No logré interesarme por el bel canto, pero la lectura me conquistó. Pasaba horas boca abajo en mi cama, leyendo todo lo que caía en mis manos. Y ¡me gustaba tanto! Quería leerlo todo y, más tarde, escribirlo todo. Sólo hoy comprendo que debo dominar esa ansiedad, nunca habrá tiempo.
Por lo anterior, cuando en 2019 fui a la primera reunión de lo que luego se constituyó como AUCH+ (Autoras chilenas feministas), me presenté como una vieja emergente. Hubo risas, pero no expliqué más, no era tiempo de dar una charla personal, éramos más de setenta invitadas por Librería Catalonia para trabajar en una colectiva vinculada al circuito del libro. Una sola mirada a la concurrencia me indicó que las autoras de mi edad o mayores, eran figuras consolidadas y que las menores, ya habían dado sus primeros pasos en la publicación cuando apenas salían de la Facultad de Letras. Mientras tanto, yo, outsider, sólo con mi labor periodística, unos cuantos libros autopublicados y el orgullo de haber firmado con la primera editorial en la que “no tuve que pagar”, por una novela infantil, seguía viendo el ambiente literario como una especie de casta superior. Además, acababa de obtener la beca del Fondo del Libro, con una cantidad de dinero interesante (2017), lo que me habilitaba a decir que también era escritora. Quería estar ahí, pertenecer.
Una década después, me doy cuenta de que empezar tarde no es malo. La experiencia es otra, la mirada se amplía, el ego disminuye y ya no importa escribir “lo que nos lleve a la cima”, sino escribir. Escribir porque sí; escribir novela, cuento, crónica; escribir con la libertad de las propias necesidades; escribir sin vergüenza. Esto último cuesta más porque nos hacemos una imagen de nosotros como escritores y escritoras. “Yo escribo esto; no eso otro”. Nos creemos pequeños demiurgos, como Vicente Huidobro, pero no es así. Para cada uno, la realidad es diferente.
Sucede que normalmente hablamos de “la obra de un/a autor/a” y reunimos todos los textos que pertenezcan a esa obra en una bolsa. Si llega a jugar con otras temáticas o géneros, el mundo literario dice que no tiene estilo, que no tiene obra. Por eso, cuando me preguntan qué escribo, respondo con una frase que me causa mucha gracia, de la escritora Ana María del Río: “soy esquizofrénica en mi escritura, escribo para niños y adultos ” o la de mi querida Carolina Brown “soy lectora y escritora pop”. Sí, yo soy un poco eso, porque comenzar a escribir tarde me ha dado el derecho: tengo novelas infantiles, juveniles, para adultos, novelas de ficción histórica y un divertimento crítico, como considero a mi nouvelle recientemente publicada por Alicanto, La extraordinaria vida de Nieves Alzarrán.
Según mi querida maestra y amiga, Pía Barros, una debe plantearse lo siguiente: Escribo ¿por? o ¿para? Me parece que la pregunta es más que válida, pero con el tiempo he comprendido que cada texto, columna, cuento, libro, novela, ensayo o crónica, lleva esa pregunta implícita. No puedes responder en forma general, al menos yo no.
Para mi consuelo y el de otro/as, hubo varias lumbreras literarias que partieron tarde.
Daniel Defoe, Miguel de Cervantes publicaron su obra cumbre a los 58 años; a la misma edad, José Saramago recibió el Nobel; Laura Ingalls Wilder publicó su primera novela, La casa en la pradera, a los 65 años; Frank McCourt, autor de Las cenizas de Ángela, su primera obra fue publicada a los 66 años y con ella obtuvo un Premio Pulitzer. Aurora Venturini, la escritora argentina alcanzó el éxito a los 85 años con la publicación de su primera novela Las primas, ganadora del Premio Nueva Novela de Página/12.
Tal vez algunas personas que partimos corriendo tras el tren literario podamos abordarlo con posterioridad y si no llegamos, habremos tenido la suerte de vivir una buena pasión, que es lo que más importa.

Mary Rogers G, escritora, periodista y figura radial. Entre sus libros se cuentan La gente triste no tiene piedad (2022), La cofradía de la luz (2021) y La casa de Kyteler (2020), entre otros. Algunas de sus obras han sido incluídas las antologías: Antología V 2025 de FILNY, El once (2023), Golpe de Memoria (Asterión/Sherezade, 2023), No somos invisibles (Argentina, 2021) y Un byte de horror (Perú, 2020). Finalista XVIII Premis literarios CONSTANTÍ 2024; Es columnista de La Estrella de Valparaíso.
